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Historia del tarot: de sus orígenes a hoy
El tarot que consultamos hoy tiene casi seis siglos a sus espaldas. Antes de ser una herramienta de introspección, fue un juego de naipes del Renacimiento italiano. Reconstruir su historia ayuda a comprender mejor lo que realmente es — y lo que nunca fue.
En los orígenes: un juego de corte, no un oráculo
Los naipes llegan a Europa a finales del siglo XIV, probablemente a través del mundo árabe y de los mamelucos de Egipto. Es en el norte de Italia, hacia la década de 1440, donde aparecen las primeras cartas llamadas trionfi («triunfos»): a una baraja clásica se le añade una serie de cartas ilustradas, los futuros arcanos mayores, que sirven de triunfos.
El tarot nace, pues, como un juego de bazas, primo de juegos como el tute o el bridge, practicado en las cortes de Milán, Ferrara y Bolonia. Las célebres barajas Visconti-Sforza, pintadas a mano a mediados del siglo XV para grandes familias milanesas, figuran entre las más antiguas que han llegado hasta nosotros. En esta etapa, ninguna función adivinatoria: se juega, se apuesta, se disfruta.
El fondo del asunto: estructura y difusión
Con el paso de las décadas, la estructura se estabiliza en torno a 78 cartas: 22 arcanos mayores (el Mago, la Sacerdotisa, la Estrella, la Luna, el Mundo…) y 56 arcanos menores repartidos en cuatro palos — copas, oros, espadas y bastos. Esta arquitectura, baraja de tarot más triunfos, recorre Europa.
En Francia, en los siglos XVII y XVIII, los fabricantes de naipes de Marsella imprimen un modelo que se impone como referencia: el Tarot de Marsella, con sus figuras nítidas y sus colores francos. Aún hoy sigue siendo una de las barajas más utilizadas en el mundo francófono.
Un hecho a menudo olvidado: mientras el tarot se convertía en herramienta de lectura, nunca dejó de ser un juego. El tarocchi italiano y el juego de tarot a cuatro se siguen practicando en Francia, Italia y varios países de Europa central. Las dos historias — el juego y el oráculo — coexisten desde el principio, a partir de las mismas cartas.
El giro hacia la cartomancia llega a finales del siglo XVIII. En 1781, el erudito Antoine Court de Gébelin publica una tesis seductora pero infundada: el tarot sería heredero de un libro sagrado del Antiguo Egipto. Ninguna prueba histórica sostiene esta idea, pero marca duraderamente el imaginario. A raíz de ello, un cartomántico parisino conocido con el seudónimo de Etteilla sistematiza el uso del tarot para la lectura y concibe una de las primeras barajas pensadas para ello.
El siglo XIX ocultista amplifica el movimiento. Autores como Éliphas Lévi vinculan los arcanos al alfabeto hebreo y a diversas tradiciones esotéricas. Luego, en 1909, aparece en Londres la baraja Rider-Waite-Smith, dibujada por Pamela Colman Smith bajo la dirección de Arthur Edward Waite: por primera vez, los arcanos menores están plenamente ilustrados con escenas. Es hoy la baraja más extendida del mundo y la base de la mayoría de las barajas modernas.
Lo que esta historia ilumina en el día a día
Conocer este recorrido cambia la manera de abordar una lectura. El tarot no es un texto antiguo caído del cielo: es un lenguaje de símbolos que se ha enriquecido capa tras capa, del juego de corte a la imaginería ocultista. Sus imágenes hablan porque condensan figuras muy humanas — el obstáculo, la elección, el paso, el nuevo comienzo.
Usado hoy, funciona sobre todo como un espejo. Sacar una carta es darse un apoyo para nombrar una situación, contemplar un ángulo que no habíamos visto, hacerse las preguntas adecuadas. Simbólicamente, la Rueda de la Fortuna puede evocar un ciclo que gira; la Templanza, una necesidad de equilibrio. Son pistas de reflexión, no veredictos. Bien comprendida, esta larga historia invita a la curiosidad más que al temor.
Esta perspectiva tiene además una ventaja práctica: libera de la superstición. Puesto que las imágenes se construyeron en un contexto humano y cultural, podemos recibirlas como un vocabulario que hacer nuestro. Nada obliga a creer en un poder sobrenatural de las cartas para sacar provecho de una lectura; basta con tratarlas como puntos de apoyo para pensar con más claridad una decisión, una relación o un periodo de transición.
Puntos de atención
- El mito egipcio sigue siendo un mito. El tarot nació en la Italia del Renacimiento, no en los templos del Antiguo Egipto. Desconfía de los relatos que prometen un «saber secreto» milenario.
- El tarot no anuncia nada con certeza. Nunca ha habido, en su historia, prueba alguna de que prediga el futuro. Ilumina dinámicas y elecciones; no las fija.
- Ningún consejo sustituye a un profesional. Para una cuestión de salud, de dinero o de derecho, una carta no tiene valor de dictamen médico, financiero o jurídico: consulta a la persona competente.
- Una baraja vale lo que se hace con ella. Marsella, Rider-Waite o baraja contemporánea: son soportes. La calidad de una lectura reside en el acierto de la pregunta y en la honestidad de la interpretación.
Preguntas frecuentes
¿El tarot viene realmente de Egipto?
No. Esta idea, lanzada a finales del siglo XVIII, es una reconstrucción sin fundamento histórico. Las fuentes sitúan la aparición del tarot en el norte de Italia hacia 1440, como evolución de los naipes llegados a Europa medio siglo antes.
¿Qué diferencia hay entre el Tarot de Marsella y el Rider-Waite?
El Tarot de Marsella, fijado en Francia en los siglos XVII-XVIII, ilustra plenamente los 22 arcanos mayores pero deja los menores próximos a simples naipes. El Rider-Waite (1909) ilustra también los 56 menores con escenas, lo que facilita su lectura intuitiva.
¿Hace falta una baraja antigua para leer bien?
No. La antigüedad de una baraja no añade ningún poder. Lo que cuenta es tu familiaridad con sus imágenes y la claridad de tu intención. Una baraja digital bien diseñada puede acompañar perfectamente una lectura.
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